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lunes, 19 de abril de 2010

LOS SÍMBOLOS

Veía el otro día en un programa de televisión a un presentador que llevaba puesta una camiseta en gris con la bandera americana, una camiseta bastante bonita, en mi opinión. Pero esa no es la cuestión.

No era la primera vez que se la veía y, por eso me llamó la atención. Y eso me hizo darme cuenta de algo. ¡Qué fácil es ver en nuestras pantallas, en nuestras calles, en nuestra ropa, símbolos de otras naciones, de otras culturas! Y, por contra, ¡qué difícil es ver en nuestras pantallas, en nuestras calles, en nuestra ropa, símbolos nuestros, símbolos españoles!



Uno ve imágenes de los Estados Unidos, por poner el ejemplo más claro, y puede observar, por doquier, la bandera de las barras y las estrellas. En su cultura patria encontramos la defensa, casi la veneración por los colores que simbolizan su nación. ¡Cuán lejos estamos, en España, de vivir una realidad así!



Nos hallamos en un país en el que, en gran parte de su territorio, se vive como si del extranjero se tratara. Los movimientos independentistas periféricos, nacidos de la desnaturalización de la historia y crecidos al amparo del adoctrinamiento de sucesivas generaciones, tienen clara la importancia de la simbología a la hora de amalgamar una sociedad en torno a sus ideales separatistas. La defensa a ultranza de sus banderas e idiomas no es sino su manera de alejar a la sociedad del hecho real de que viven en regiones que siempre han sido España, en las que, junto con su lengua regional, siempre se ha hablado español, en las que, siempre, han nacido españoles que vivieron, lucharon, trabajaron y murieron por España.



Esconder esta realidad, incontestable desde el punto de vista histórico, es el objetivo casi logrado de los separatistas. Es su éxito. Pero el éxito de unos, siempre es el fracaso de otros.



Los independentistas no dejan de ser una minoría en el conjunto de la Nación. Ni siquiera suponen una mayoría en sus regiones. Pero han logrado que el resto de los españoles, en muchos casos, vean como algo antinatural la exhibición de símbolos de la España de todos. Es impensable que, por ejemplo, el presentador que mencionaba al principio de este artículo, hubiera lucido una camiseta con la bandera española en lugar de la que lucía con la americana. ¿Hemos visto alguno alguna vez? Ni se lo plantean. Se sientan más o menos españoles, ni se imaginan la posibilidad de demostrarlo más de lo estrictamente necesario por temor a ser calificados de "fachas" o de cualquier otra lindeza, por temor a molestar a la audiencia de ciertas regiones, por temor a contrariar a algunos españoles que sólo entienden a nuestro país como una suma de naciones diferentes, y que, por tal motivo, siempre buscan priorizar los símbolos diferenciadores por encima de los igualadores.



Es el gran logro que pueden exhibir los separatismos. Minimiza los símbolos que aglutinan a tus rivales, y empezarás a socavar su resistencia a tus objetivos. Concentra y dirige los esfuerzos de cien personas en una sola dirección y lograrás superar la pequeña resistencia de mil que han olvidado por qué luchar.



Es labor del Estado, a mi entender, una labor prioritaria, el dar la vuelta a la tortilla de esta situación. Hay países donde no es necesario tener la bandera nacional hasta en la sopa, porque nadie la cuestiona ni la ataca. Por desgracia, España no está entre ellos. Por eso es necesario legislar en el sentido que nuestra nación necesita. Es necesario imponer, por Ley, en un primer momento, la presencia de nuestros símbolos en cuantos más espacios mejor. Dejar de ser un país donde la bandera tan sólo se exhibe donde es absolutamente necesario y, ni aún así, se hace en todos los casos.



No debe existir, y mucho menos en las regiones con movimientos separatistas, ningún aúla escolar sin su bandera nacional. Ésto no implica que no se pongan también las banderas menores, pero estamos hablando de la absoluta necesidad de que las futuras generaciones convivan y vean con absoluta normalidad y naturalidad, la bandera del país donde viven. También es imprescindible legislar, con severidad, para asegurar el respeto a esta bandera y el justo castigo a quien la denigre. Hay que conseguir que sus colores vayan calando poco a poco en muchos niños que, hoy en día, pueden vivir durante años sin encontrarse con ninguna en sus calles, en sus vidas.



Lo mismo debe pasar con el lenguaje. No debe quedar ningún rincón de España en dónde se puedan encontrar placas o anuncios o formularios únicamente en la lengua regional. Todas las administraciones deben estar obligadas a, al menos, cumplir este requisito. Y ser sancionadas en caso de no hacerlo así.



Y, repito, esta es una tarea a la que el Gobierno de la Nación debe ponerse, y debe ponerse ¡ya! Hoy, mejor que mañana. Labor imposible para un Presidente que considera España como algo discutido y discutible. Eso es lo que le diferencia de los separatistas, que no consideran a sus respectivas naciones ni "discutidas" ni "discutibles". Y que, por lo tanto, no tienen ninguna duda de los pasos que dar para lograr sus objetivos, sabiéndose enfrentados a un Gobierno mojigato, temblequeante y prisionero de las propias fuerzas centrífugas existentes en su propio partido.



Sólo si el Estado se desprende de sus complejos, de su tibieza en la defensa de los símbolos comunes a todos los españoles, sólo entonces, lograremos revertir esta situación de permisividad con el desprecio y el ninguneo de nuestros símbolos y nuestro idioma. Sólo así podremos evitar esta sensación de proscritos que algunos españoles sienten en ciertos lugares de nuestra España.