Tengo frío. Según se calienta el planeta, yo cada vez tengo más frío. Esperaba con ilusión que se cumplieran las previsiones del IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático), a ver si se templaba la temperatura y dejaba de tener tanto frío. Pués no. Nada.
Recientemente conocí, no sin cierta dosis de horror, que los mangan..., perdón, los científicos que desarrollan sus teorías al amparo del IPCC, de la Creencia Oficial y de la Lluvia de Dólares que la acompaña, habían, sistemáticamente, manipulado los datos para ajustarlos a sus intereses. Cada vez son más las denuncias de las exclusiones y coacciones que han modelado su actuación todos estos últimos años. Se han conocido sus boicots a aquellas publicaciones científicas que osaban publicar artículos o teorías de los llamados "negacionistas". Comentan, por Estados Unidos, las presiones que sufrieron desde científicos hasta profesores universitarios para callar sus objeciones a la tesis del calentamiento. Sabemos que hubo quien perdió sus becas, ayudas o, incluso, su empleo.
El IPCC, burócratas y científicos controlados por burócratas, se creó a finales de los 80 con la idea de que las Naciones Unidas supervisaran las investigaciones sobre el clima y los informes que se emitieran, cada pocos años, ya que era algo que afectaba globalmente a todos los países.
En el primer informe, en 1990, se puso de manifiesto que era muy difícil detectar una influencia humana en el clima. Sería en 1995 cuando la afirmación de una "influencia humana discernible" se añadió al informe abreviado de ese año. Y se añadió cuando los científicos ya se habían ido. Ellos simplemente habían dicho que no lo sabían. Ésto se suprimió y se cambió por la afirmación de que sí existía esa influencia. Quedaba claro que el IPCC no era una organización científica, sino política.
Yo, humilde articulista, no tengo ni idea de si hay calentamiento o no. Sólo puedo acceder a datos, la mayoría de los cuales no tengo conocimientos suficientes para interpretar. Para eso ya está Gore. Para decirnos que la Antártida se deshiela. Y digo yo, bueno, ellos sabrán. Seguro que nos dan unas imágenes preciosas donde vemos una playa caribeña donde antes había un frío glaciar.
Por curiosidad he buscado algún dato sobre la Antartida. Supone el 90 por ciento del hielo del planeta. Otro 4 por ciento lo tenemos en Groenlandia. Por lo que el resto de los grandes glaciares sólo suponen un 6 por ciento. Pués bien. Los datos demuestran que una parte pequeña de la Antártida, llamada península antártica, se está deshelando. Esa península supone ¡un 2 por ciento de la Antártida! Pero, además, lleva deshelándose 6000 años. Mientras que, en su conjunto, el continente está enfriándose y aumentando el grosor del hielo. Aquí podría incluir las referencias, pero eso lo dejo para aquel lector interesado que me las solicite.
Tampoco en las temperaturas de las ciudades podemos hallar un dato inequívoco a favor de la teoría del calentamiento. Nueva York, por ejemplo, donde la temperatura ha aumentado cinco grados desde 1822... mientras que la ciudad ha pasado de 120.000 a 8.000.000 de personas, por no hablar de las grandes moles edificadas. Es un hecho aceptado que el aumento de población y edificios incrementa la temperatura. Nueva York ha aumentado un 6000 por ciento desde 1822. ¿Es lógico pensar que esos cinco grados que ha aumentado la temperatura se deba, en cambio, al aumento del dióxido de carbono? Me suena raro, pero, claro, yo no soy cientifico, como Gore.
Nueva York está a 225 kilómetros de Albany. Ambas tienen unos niveles idénticos de dióxido de carbono. Pero en Albany, la temperatura no ha aumentado, sino que se ha enfriado un poco. Más que el calentamiento del planeta, parece que la causa es... la gente y el hormigón.
Datos, datos, datos. Como no sé interpretarlos, os los copio para que os forméis vuestra opinión.
La extinción de especies. Científicos alertaron de que para el año 2000 se habrían extinguido un millón de ellas. Alguno incluso habló del cincuenta por ciento de las especies. Mucho, ¿verdad? El cincuenta por ciento de ¿cuántas? Pués tampoco lo sabemos. Las estimaciones oscilan entre 3 y 100 millones de especies. Nadie lo sabe. El número y su extinción se mide delimitando un área y tratando de contar todos los bichos y plantas que hay. Volver años después y recontarlos. A lo mejor, para entonces, los bichitos se han largado a otra área más agradable para ellos.
El deshielo de los glaciares. Existen 160.000 glaciares en el mundo. Se tienen datos sobre su balance de masa de períodos de cinco años de ¡79 glaciares de todo el mundo! ¿Suficiente para dar por hecho teoría alguna?
Nos alertan sobre el deshielo de, por ejemplo, el Kilimanjaro... que lleva haciéndolo desde 1800, mientras que las mediciones por satélite de esa zona no revelan tendencia al calentamiento. ¿Qué pasa entonces? La deforestación. Se han talado los bosques a sus pies, por lo que el aire que se eleva hacia la cumbre ya no es húmedo. Planta árboles allí y el glaciar aumentará.
He querido aportar datos y he podido resultar aburrido. Lo siento si ha sido así. Sólo quiero desmontar el tinglado de abyectos personajes cuyo único mérito es oler donde está el negocio. Cuyo único mérito es saber que, en nuestro mundo, hay mucho tonto útil con acceso a presupuestos. Un auténtico festín para ciertos tiburones.
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lunes, 19 de abril de 2010
ECOLOGISTAS EN ACCIÓN
Completando un poco el asunto que toqué en mi anterior entrada, quiero dedicar unas líneas a esa subespecie de la especie humana que forman los ecologistas. Verdaderos ángeles bajados del Cielo para decirnos qué es lo que hay que hacer y qué lo que no hay que hacer en todo lo referente a la fauna y la flora en la Tierra.
No quiero que nadie se llame a engaño. Creo absolutamente en que la Tierra es nuestro habitat, del cuál dependemos, y que, por ello, aunque sea por egoismo, nos conviene mantenerlo en el mejor estado de conservación posible. Hay que luchar contra y perseguir todo aquel abuso que se haga del mismo, para procurarse beneficios propios. Hay que impedir los desmanes que se puedan dar por parte de empresas y particulares encaminados a aumentar sus réditos en equis puntos. Pero hay que hacerlo con la ley de la lógica en la mano y huyendo absolutamente de fundamentalismos.
A ser posible, huyendo absolutamente de las directrices que los ecologistas marcan. La característica más atribuible a estos seres llamados verdes, generalmente, progresistas y de izquierdas, es el totalitarismo en su exposición de argumentos, ideas y conclusiones. Son absolutamente impermeables a las aportaciones ajenas. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen todo. Ellos Saben. Los que no lo vemos así somos personas viles, atrasadas, vendidas a las grandes multinacionales, deseosos de ver cómo desaparecen las especies. ¡Hasta comemos carne, no os digo más!
Me gusta ilustrar mis ideas con un caso que conocí tras la lectura de un libro sobre el tema.
El primer parque natural que se convirtió en reserva fue el de Yellowstone. Grandes paisajes de gran belleza con miles de alces, osos, pumas, ciervos, lobos, coyotes... El problema es que no se sabía qué hacer para mantenerlo y se creó el Servicio de Parques, burocracia a la que se le encomendó el mantenerlo en iguales condiciones. Eran los ecologistas de la época. En sus manos estaba tomar las decisiones.
Primero decidieron, equivocadamente, que los alces estaban en peligro de extinción. Esto les llevó a decidir abatir o envenenar a todos los lobos del parque y la prohibición a los indios de cazar allí (era un territorio de caza tradicional).
Proliferaron entonces tanto los alces que devoraron tal cantidad de árboles y plantas que provocaron un cambio en la ecología del lugar. Por ejemplo, se comieron todos los árboles que usaban los castores, lo que supuso la desaparición de éstos.
Fue cuando los supervisores descubrieron que los castores eran vitales para el control de los espacios acuáticos. Al desaparecer, se secaron las praderas, se extinguieron las truchas y las nutrias y aumentó la erosión del suelo.
Para 1920 ya estaba claro que había demasiados alces y los guardabosques empezaron a cazarlos a miles. Pero ya era tarde. Todo había cambiado. Una vez visto esto, se consideró un error la prohibición de la caza que, en su momento, había propiciado el control del número de alces y bisontes.
No fueron los únicos errores. Los osos pardos se protegieron; luego se mataron. Los lobos se aniquilaron; luego se reintrodujeron. Se aplicaron medidas de control de incendios, sin comprender el efecto regenerativo del fuego. Luego se abandonaron y miles de hectáreas ardieron y quedaron estériles, no volviendo a crecer hasta su replantación.
Es el efecto de gente ignorante e incompetente, pero eso sí, siempre absolutamente cargada de razón. El resultado daño tras daño y más daños causados reparando los daños y los arreglos de los daños anteriores.
Si proteges activamente una especie, animal o vegetal, ten por seguro que estarás perjudicando a otra. Proteger un bosque antiguo para preservar el carabo californiano implica perjudicar al gorjeador de Kirtland y otras especies, que preferirían un bosque nuevo.
Pero los ecologistas siguen a lo suyo. Porque ellos Saben. Ellos Conocen. Y, por supuesto, ellos Deciden.
Cuando se prohibió los CFC para proteger la capa de ozono, eliminaste los refrigerantes baratos que mantenían mejor los alimentos para el Tercer Mundo. Éstos se estropeban antes y más gente moría por intoxicación.
Los paneles solares, limpios y maravillosos ellos, nos permitirán construir hogares en lugares donde antes no podíamos. Tener por seguro que eso afectará negativamente a no pocas especies.
Y luego está el DDT, contra el que tanto lucharon los ecologistas. No llegó a prohibirse. Eso sí, se dijo a los países que si lo usaban no recibirían ayuda exterior. Era el mejor agente en la lucha contra los mosquitos. Antes de su prohibición, morían por malaria unas cincuenta mil personas al año. Desde entonces, mueren dos millones, la mayoría niños.
Se dijo que era cancerígeno. Pero no lo era, y se sabía. Era tan seguro que incluso podía comerse. Fue sustituido por el paratión, realmente peligroso y por el que más de cien trabajadores agrícolas murieron en los primeros meses de su uso, por manejarlo como hacían con el DDT.
Morían unos cincuenta mil al año. Ahora hablamos de que van muriendo, desde entonces, entre treinta y cicuenta millones de personas, según las fuentes. Más muertes de las que se suelen achacar a cierto dirigente alemán de mediados de siglo.
¿Alguien ha dicho algo al respecto? ¿Alguien va, ni de lejos, a pagar por ello? ¿Servirá, al menos, para que los ecologistas se apeen del burro? ¿O seguirán causando los perjuicios que seguro producirán sus siguientes ideas lumbrera, sus siguientes caballos de batalla? Tiemblo de pensarlo.
Los datos de este artículo y el anterior provienen de muy diversas fuentes, reunidas en un libro de un famoso autor estadounidense, Michael Crichton.
No quiero que nadie se llame a engaño. Creo absolutamente en que la Tierra es nuestro habitat, del cuál dependemos, y que, por ello, aunque sea por egoismo, nos conviene mantenerlo en el mejor estado de conservación posible. Hay que luchar contra y perseguir todo aquel abuso que se haga del mismo, para procurarse beneficios propios. Hay que impedir los desmanes que se puedan dar por parte de empresas y particulares encaminados a aumentar sus réditos en equis puntos. Pero hay que hacerlo con la ley de la lógica en la mano y huyendo absolutamente de fundamentalismos.
A ser posible, huyendo absolutamente de las directrices que los ecologistas marcan. La característica más atribuible a estos seres llamados verdes, generalmente, progresistas y de izquierdas, es el totalitarismo en su exposición de argumentos, ideas y conclusiones. Son absolutamente impermeables a las aportaciones ajenas. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen todo. Ellos Saben. Los que no lo vemos así somos personas viles, atrasadas, vendidas a las grandes multinacionales, deseosos de ver cómo desaparecen las especies. ¡Hasta comemos carne, no os digo más!
Me gusta ilustrar mis ideas con un caso que conocí tras la lectura de un libro sobre el tema.
El primer parque natural que se convirtió en reserva fue el de Yellowstone. Grandes paisajes de gran belleza con miles de alces, osos, pumas, ciervos, lobos, coyotes... El problema es que no se sabía qué hacer para mantenerlo y se creó el Servicio de Parques, burocracia a la que se le encomendó el mantenerlo en iguales condiciones. Eran los ecologistas de la época. En sus manos estaba tomar las decisiones.
Primero decidieron, equivocadamente, que los alces estaban en peligro de extinción. Esto les llevó a decidir abatir o envenenar a todos los lobos del parque y la prohibición a los indios de cazar allí (era un territorio de caza tradicional).
Proliferaron entonces tanto los alces que devoraron tal cantidad de árboles y plantas que provocaron un cambio en la ecología del lugar. Por ejemplo, se comieron todos los árboles que usaban los castores, lo que supuso la desaparición de éstos.
Fue cuando los supervisores descubrieron que los castores eran vitales para el control de los espacios acuáticos. Al desaparecer, se secaron las praderas, se extinguieron las truchas y las nutrias y aumentó la erosión del suelo.
Para 1920 ya estaba claro que había demasiados alces y los guardabosques empezaron a cazarlos a miles. Pero ya era tarde. Todo había cambiado. Una vez visto esto, se consideró un error la prohibición de la caza que, en su momento, había propiciado el control del número de alces y bisontes.
No fueron los únicos errores. Los osos pardos se protegieron; luego se mataron. Los lobos se aniquilaron; luego se reintrodujeron. Se aplicaron medidas de control de incendios, sin comprender el efecto regenerativo del fuego. Luego se abandonaron y miles de hectáreas ardieron y quedaron estériles, no volviendo a crecer hasta su replantación.
Es el efecto de gente ignorante e incompetente, pero eso sí, siempre absolutamente cargada de razón. El resultado daño tras daño y más daños causados reparando los daños y los arreglos de los daños anteriores.
Si proteges activamente una especie, animal o vegetal, ten por seguro que estarás perjudicando a otra. Proteger un bosque antiguo para preservar el carabo californiano implica perjudicar al gorjeador de Kirtland y otras especies, que preferirían un bosque nuevo.
Pero los ecologistas siguen a lo suyo. Porque ellos Saben. Ellos Conocen. Y, por supuesto, ellos Deciden.
Cuando se prohibió los CFC para proteger la capa de ozono, eliminaste los refrigerantes baratos que mantenían mejor los alimentos para el Tercer Mundo. Éstos se estropeban antes y más gente moría por intoxicación.
Los paneles solares, limpios y maravillosos ellos, nos permitirán construir hogares en lugares donde antes no podíamos. Tener por seguro que eso afectará negativamente a no pocas especies.
Y luego está el DDT, contra el que tanto lucharon los ecologistas. No llegó a prohibirse. Eso sí, se dijo a los países que si lo usaban no recibirían ayuda exterior. Era el mejor agente en la lucha contra los mosquitos. Antes de su prohibición, morían por malaria unas cincuenta mil personas al año. Desde entonces, mueren dos millones, la mayoría niños.
Se dijo que era cancerígeno. Pero no lo era, y se sabía. Era tan seguro que incluso podía comerse. Fue sustituido por el paratión, realmente peligroso y por el que más de cien trabajadores agrícolas murieron en los primeros meses de su uso, por manejarlo como hacían con el DDT.
Morían unos cincuenta mil al año. Ahora hablamos de que van muriendo, desde entonces, entre treinta y cicuenta millones de personas, según las fuentes. Más muertes de las que se suelen achacar a cierto dirigente alemán de mediados de siglo.
¿Alguien ha dicho algo al respecto? ¿Alguien va, ni de lejos, a pagar por ello? ¿Servirá, al menos, para que los ecologistas se apeen del burro? ¿O seguirán causando los perjuicios que seguro producirán sus siguientes ideas lumbrera, sus siguientes caballos de batalla? Tiemblo de pensarlo.
Los datos de este artículo y el anterior provienen de muy diversas fuentes, reunidas en un libro de un famoso autor estadounidense, Michael Crichton.
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