Cuando algunas personas pierden su condición humana para convertirse en bestias, peor que animales, en pedazos de carne cuya respiración envenena el aire que todos necesitamos para vivir, siempre, SIEMPRE, encontraremos que tenían sus motivos para ello.
Siempre, además, encontraremos medios que se dedican a difundir ese mensaje. Es la necesidad de saber. ¿Por qué? ¿Por qué hizo lo que hizo? ¿Qué explicación podemos darle para entenderlo, al menos, mínimamente y poder seguir con nuestras vidas un poco más tranquilos?
Cometemos un craso error. No importa. No importa en absoluto los motivos de un ser para convertirse en un deleznable y execrable trozo de mierda. Como en la fábula del escorpión, lo único que podemos colegir es que "está en su naturaleza".
En el planeta Tierra hay miles de millones de personas. Es una pura lógica estadística el afirmar que un determinado, aunque pequeño tanto por ciento de ellos son, básicamente, sociópatas perversos, malos, mala hierba. Incluso de este tanto por ciento, la mayoría no será capaz de dar el paso definitivo de hacer realidad esa sociopatía.
Pero, periódicamente, nos encontraremos con uno que sí.
Y todos vestirán su decisión con motivos, poderosos motivos. Quizá en su delirio megalomaníaco lo crean así. Pero a mí, me da igual.
Yo me quedo tan sólo con los hechos porque "por sus hechos los conoceréis".
Me da igual que sea un islamista de nombre impronunciable. Me da igual que sea un vasco de los de boina a rosca. Me da igual que sea un supuesto investigador médico con la cruz gamada en el brazo. Me da igual si es un soldado japonés que ha entrado en Nankín. Me da igual si es hutu o tutsi. Me da igual si es un militar americano condecorado. Me da igual si es un masón noruego que ha perdido el tipín. Todo eso me da igual. Todos son lo mismo, la misma mierda, la misma porquería a extirpar.
Para mí, sólo son válidos como estupendo argumento a favor de la pena de muerte. Hay tantos...
Los Ahmeds o Mohameds de turno. Los de Juana o Troitiño de turno. Mengele, Metsui, MacVeigh, Anders... Cada uno con sus "motivos" detrás. E, incluso, con sus defensores.
Lo último que podemos hacer es tratarlos como a humanos. Lo último, divulgar su mensaje, aunque sea para denostarlo. No. No merece la pena.
Hay que olvidarlos cuanto antes.
Timothy McVeigh asesinó a 168 personas en Oklahoma City, entre ellas, 19 niños. Timothy Mc Veigh fue detenido, juzgado con más garantías de las que merecía y ejecutado, demasiado tarde para mi gusto, pero ejecutado.
El recuerdo que queda ahora de él es el de un asesino múltiple, frío y sin escrúpulos. ¿Sus motivos? ¿Quién los recuerda? Ya es historia.
Y las familias de las víctimas pueden descansar y conseguir la paz porque se ha hecho Justicia. MacVeigh está donde debe estar.
Y está en el mismo lugar al que habría que enviar a Anders Behring Brevik lo antes posible. Si yo fuera el familiar de alguna de las víctimas de estos infrahombres moriría un poco cada día sabiendo que la persona que mató gratuita, orgullosamente, sin remordimientos a mi padre, hermano, hijo, sigue vivo, disfrutando aunque sea de su media hora de paseo mensual en el patio de la cárcel, o de un libro, o de cualquier cosa que se asocia al género humano, del que ellos, voluntariamente, han decidido excluirse.