Si nos lanzamos al estudio de la valoración personal que reciben los líderes de cada formación, los resultados son desoladores. En estos momentos, si surgiera uno que alcanzara una nota de 3,75, sería el campeón de campeones. La reoca, vamos. Pero es que no lo hay. Las cabezas visibles de nuestras formaciones patrias se debaten entre un 2,48 de Yolanda Barcina y un 3,72 de Durán i Lleida, no lo olvidemos, "el responsable".

Absolutamente penoso y, sin embargo, incluso generoso. No veo yo de donde se sacan el 3 y pico alguno de ellos. Estos señores que viven como reyes gracias a nuestros impuestos son, queridos amigos, una lacra, una puñetera lacra. Entre todos están desmoronando este País. Ahora mismo, unos por su ineptitud de libro, su sectarismo ideológico, su desvergüenza y su engaño perpetuo. Otros porque, lejos de coger el toro por los cuernos, lejos de llamar las cosas por su nombre, se debaten en polemiquillas y engañifas, en paripés para seducir al votante.
Total, ¿qué más da? Ahí van a seguir, chupando del bote, cobrando a precio de oro su malhacer, asegurándose retiros dorados y puestos de nómina y pies encima de la mesa en el sector privado una vez dejen la política. Y, si no, a dar conferencias, que algunos, incluso hilan de vez en cuando tres o cuatro palabras ingeniosas. Algunos.

¿Qué narices pasaría con cualquiera de nosotros, simples y mortales currantes, si nuestros jefes valoraran nuestro trabajos por debajo de un 3,75? ¿Hace falta que os responda a esta perogrullada? Nos pondrían donde merecemos. Exactamente, en el mismo sitio que merecen ellos. Pero no, no hay tu tía.
Alrededor del 80 por ciento de los españoles considera que el PSOE lo hace regular, mal o muy mal. Un porcentaje semejante opina lo mismo del PP. Una debacle, vamos. Un drama. Pero lo más dramático es que, llamados a las urnas, entre los dos lo que conseguirían es más de un 80 por ciento... de apoyos. ¿Tenemos, entonces, derecho a quejarnos? Nos dan por saco y pedimos más. Nos debe gustar. Hombre, quejarnos nos gusta. Y, para eso, hay que tener de qué.
No hay nada que hacer. Este País se va a la mierda. Porque quienes tienen que liderarlo naufragarían gestionando una comunidad de vecinos. Porque el pueblo se queda tan contento, con la amarga felicidad y tranquilidad que da el fatalismo, el saber que no hay de qué preocuparse porque no hay solución posible. Las cosas son así. Siempre lo serán.
Esta es nuestra idílica democracia. Un estado de situación en la que, como en cualquier dictadura, los políticos hacen y deshacen a su antojo, arramplan con lo que pueden para ellos y los suyos y, de vez en cuando, tiran el señuelo de alguna nueva Ley o Pacto o Acuerdo que redunde en mejorar nuestras vidas.
Quizá, visto así, no haya tanta diferencia con regímenes anteriores. Los que pueden chupar, chupando. Los que tienen que apechugar, apechugando. Y callando. ¿De qué nos sirve votar? ¿De qué nos está sirviendo? ¿Para poder llamar a ésto Democracia? ¿Realmente ésto es lo mejor a lo que podemos aspirar? ¿Vivimos, realmente, en una Democracia? ¿Si es así, es entonces la Democracia lo que nuestra Nación necesita?

Yo no tengo la respuesta. Que nadie quiera entresacarla de estas líneas. Son sólo ideas que me surgen viendo lo que hay. Ideas que, creo yo, se nos ocurren a muchos, aunque quizá no a los suficientes.
No sé. Pero vistos los resultados del CIS, no dejaría ser curioso comprobar la diferencia de puntuación que podría haber entre, por ejemplo, Franco y Zapatero o Rajoy. No lo digo con segundas intenciones, pero sí que podría ser un indicativo interesante. Por eso, pregunto, ¿alguien se atreve a calcularlo?





